Meryl Streep: "Que nadie me arrebate las arrugas de mi frente, conseguidas a través del asombro ante la belleza de la vida. O las de mi boca, que demuestran cuánto he reído y cuánto he besado. Ni tampoco las bolsas de mis ojos, porque en ellas está el recuerdo de cuánto he llorado. Son mías y son bellas."
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Video muy recomendable titulado "Seremos padres de nuestros padres" y que trata el tema de cuidar a quienes fueron nuestros cuidadores. Carlos Alfonso García pone voz al texto original de Fabricio Carpi Nejar, cuya transcripción literal encontrarás a continuación del video.
Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido:
Es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre.
Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso.
Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo.
Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar.
Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana - todo corredor ahora está lejos.
Es cuando uno de los padres, antes dispuesto y trabajador, fracasa al ponerse su propia ropa y no recuerda tomar sus medicamentos.
Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida.
Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz. Todo hijo es el padre de la muerte de su padre. Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas.
Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres.
La primera transformación ocurre en el cuarto de baño. Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la regadera. La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”. Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores.
No podemos dejarlos en ningún momento. La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas. Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones. Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados.
¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros? Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra.
Feliz el hijo que es el padre de su padre antes de su muerte, y pobre del hijo que aparece sólo en el funeral y no se despide un poco cada día.
Mi amigo Joseph Klein acompañó a su padre hasta sus últimos minutos. En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando Joe gritó desde su asiento: Deja que te ayude. Reunió fuerzas y tomó por primera vez a su padre en su regazo. Colocó la cara de su padre contra su pecho. Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso. Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable. Meciendo a su padre de un lado al otro. Acariciando a su padre. Calmando él a su padre. Y decía en voz baja:
- ¡Estoy aquí, estoy aquí, papá!
Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí.
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Este escrito no sé de quién es, me ha llegado mediante la red, pero lo he encontrado tan interesante y bonito que lo quiero compartir y esparcir aún más:
Si observamos con cuidado, podemos detectar la aparición de una franja social que antes no existía: la gente que hoy tiene entre cincuenta y setenta años.
A este grupo pertenece una generación que ha echado del idioma la palabra "envejecer", porque sencillamente no tiene entre sus planes actuales la posibilidad de hacerlo.
Se trata de una verdadera novedad demográfica parecida a la aparición, en su momento, de la "adolescencia", que también fue una franja social nueva que surgió a mediados del S. XX para dar identidad a una masa de niños desbordados, en cuerpos creciditos, que no sabían hasta entonces dónde meterse, ni cómo vestirse.
Este nuevo grupo humano que hoy ronda los cincuenta, sesenta o setenta, ha llevado una vida razonablemente satisfactoria.
Son hombres y mujeres independientes que trabajan desde hace mucho tiempo y han logrado cambiar el significado tétrico que tanta literatura latinoamericana le dio durante décadas al concepto del trabajo.
Lejos de las tristes oficinas, muchos de ellos buscaron y encontraron hace mucho tiempo la actividad que más les gustaba y se ganan la vida con ello.
Supuestamente debe ser por eso que se sienten plenos; algunos ni sueñan con jubilarse.
Los que ya se han jubilado disfrutan con plenitud de cada uno de sus días sin temor al ocio o la soledad, crecen desde dentro. Gozan el ocio, para que después de años de trabajo, crianza de hijos, carencias, desvelos y sucesos fortuitos bien vale ver el mar con la mente.
Pero algunas cosas ya pueden darse por sabidas, por ejemplo que no son personas detenidas en el tiempo; la gente de "cincuenta, sesenta o setenta", hombres y mujeres, maneja el ordenador como si lo hubiera hecho toda la vida. Se escriben, y se ven, con los hijos que están lejos e incluso se olvidan del viejo teléfono para contactar a sus amigos y les escriben un correo electrónico o whatsapp.
Hoy la gente de 50 60 o 70, como es su costumbre, está estrenando una edad que todavía NO TIENE NOMBRE; antes, los de esta edad, eran viejos y hoy ya no lo son, hoy están plenos física e intelectualmente, recuerdan la juventud pero sin nostalgias, porque la juventud también está llena de caídas y nostalgias y ellos lo saben. La gente de 50, 60 y 70 de hoy celebra el Sol cada mañana y sonríe para sí misma muy a menudo ... hacen planes con su propia vida, no con la de los demás. Quizás por alguna razón secreta que sólo saben y sabrán los del siglo XXI.
La juventud se lleva por dentro.
La diferencia entre un niño y un adulto, simplemente es el precio de sus juguetes.
(Traducción a cargo de Rosa Muro Guardiola)
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Fin de la vida laboral: En algunos casos, la vida se ha centrado mucho en el trabajo, en el éxito, incluso en el reconocimiento. Estas personas se resisten a dejar el trabajo y lo alargan, básicamente por miedo a que su vida deje de tener sentido. Es importante dar valor al trabajo bien hecho, mirar atrás y ver todo lo que se ha conseguido, qué nos ha hecho más sabios, y todo lo que podemos transmitir.
Los nietos y los derechos: Si bien hay muchas personas mayores que son felices cuidando a los nietos y esa tarea llena su vida, también hay casos «de abuso» por parte de los hijos, en que los abuelos asumen una tarea de «padres substitutos» y se pasan la vida cuidando de los nietos mientras los padres se divierten. (No hablo de los casos de necesidad en los cuales los padres deben de trabajar y no tienen alternativa). Los abuelos ya fueron padres y ahora tienen derecho a disfrutar de su tiempo libre, se han ganado el derecho a hacer vacaciones perpetuas, poder viajar y llevar a cabo todas aquellas cosas para las que antes no tenían tiempo.
Afán de valer: Todos conocemos a la persona mayor que se pasa el día en el gimnasio, o que compite con los más jóvenes en cualquier ámbito, para «demostrar que aún puede». El cuerpo se va deteriorando, y también las facultades mentales: la agilidad, la memoria, la destreza, se van haciendo más lentas. Como hemos dicho antes, el valor de la persona está en ser conscientes del trabajo realizado, de la experiencia. Es importante aceptar las propias limitaciones para dar importancia a otros valores. A medida que la salud y las capacidades se van deteriorando, habrá que aceptarlo y también, tarde o temprano, se deberá asumir la dependencia con los demás. Para las personas que han sido muy independientes, esto se hace especialmente difícil.
Cuando no se ha conseguido lo que se quería: Hemos visto las diferentes etapas de la vida, qué cambios suponen, cuáles son las metas a conseguir en cada una de ellas y cómo se pueden superar positivamente. Cuando la persona tiene la sensación de haber superado una etapa, de hacer lo que debía, estará satisfecha con ella misma y con la vida. Pero cuando una etapa no se supera, no se consigue lo que se esperaba, esto provoca un malestar, que se puede alargar en el tiempo. Si la persona «falla» en más de una etapa de la vida, el rencor y el malestar se pueden instalar como un sentimiento permanente. Son esas personas mayores que nos da la sensación de que están «amargadas». Probablemente no han conseguido lo que se habían propuesto en su vida y no lo han aceptado. A medida que la persona se va haciendo mayor, cada vez es más difícil «re-colocar» un pasado del cual no se está satisfecho. Por eso es importante enfrentarse a los problemas cuando aparecen y no dejar que se hagan crónicos.
La
prisa: Una
de las cosas a las que se tendrá que enfrentar la persona mayor es
asumir que el final se va acercando, que cada vez queda menos tiempo
y que hemos vivido más cosa de las que nos quedan por vivir. Esto
crea una sensación de «prisa» que también se debería superar.
Son esas personas mayores que siempre van corriendo, que se quieren
colar en la cola del supermercado y que cruzan el semáforo en rojo.
La angustia de la prisa es uno de los sentimientos que habrá que
superar.
La
pasión: También
la experiencia pierde intensidad, desaparece la pasión por las
cosas. La «sabiduría» que hemos alcanzado nos dará una
perspectiva diferente sobre la vida y sobre nosotros mismos. Se
relativizan cosas, la escala de valores se re-coloca. Hay un
sentimiento de trascendencia, de que nuestro paso por este mundo ha
de tener algún sentido, que dejaremos alguna aportación, alguna
obra.
La
soledad: Este
es uno de los problemas comunes en esta etapa. Algunas personas
mayores utilizan la manipulación y el chantaje emocional para llamar
la atención y que estén por ellos. Esto crea tensión dentro de la
familia y un malestar en los hijos y familiares. Una vez más, la
aceptación de los cambios y una búsqueda sana de soluciones (como
acudir a un centro de jubilados o a un centro de día) puede ayudar.
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"Nadie envejece por vivir un número de años: la gente envejece al abandonar sus ideales. Los años pueden arrugar el rostro, pero perder el entusiasmo arruga el alma." Douglas McArthur
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