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LA PASTILLA DE JABÓN

Ayúdate de esta pastilla de jabón para reflexionar sobre una verdad fundamental.



"Despréndete de todo lo que no te deja avanzar"; igual que el escultor se desprendió de los trozos de jabón que no le dejaban avanzar hacia su obra.





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SER FELIZ CADA DÍA

En este vídeo, que es un fragmento cuya versión completa se titula "Hay que ser valiente en la vida y en el amor", el autor, Albert Espinosa, reflexiona sobre la actitud que tomamos ante la adversidad y la búsqueda de la felicidad en las pequeñas cosas.



Pincha su foto para saber más sobre Albert Espinosa:

https://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Espinosa


Si quieres la transcripción, aquí la tienes:

"A mí me gustaría contaros algo que me pasó de pequeño:
Como muchos sabéis, tuve cáncer entre los 14 y los 24 años, y perdí una pierna, un pulmón y un trozo de hígado... pero fui feliz.
Y en aquellos años, yo recuerdo que dejé el colegio con 14 años, y tuve la gran suerte de estar educado con mi madre hospitalaria, que era una mujer de 92 años increíble, de Zaragoza, y nos cogió a todos los chavales que teníamos cáncer. A todos nos faltaba una pierna. Nos enseñó un grito de guerra muy bonito: "no somos cojos somos cojonudos", que nos encantó y lo gritábamos siempre.
Y en aquella época en el hospital no teníamos moto, pero teníamos silla de ruedas; no podíamos ir a discotecas, pero teníamos ocho plantas; y fue una época increíble de educarse con chicos con cáncer y con esa madre hospitalaria que podíamos ir a ver cada noche. Yo tenía a mis padres que venían por la mañana y por la tarde, pero las noches en los hospitales, cuando tienes 14 años y nunca has salido de casa, era extraño. Mi primer hogar fuera de casa fue aquel hospital con aquellos siete chavales con cáncer.
Y aquella mujer se convirtió para mí en mi maestra. Fue una mujer de la que nunca olvidaré la fuerza: ella siempre decía que nos educaba en ser valientes en la vida, en el amor, en el sexo... Y aquella mujer nos contaba historias maravillosas.
Ella decía que, sobre todo, había que aprender a decir "no". En aquella época, yo no pensaba que pudiera decir no a nada; pero, poco a poco, con los años, entendí a lo que se refería. Aquella mujer siempre decía: "Cuando crees que conoces todas las respuestas, llega el universo y te cambia todas las preguntas". Y ella decía que el universo nos quería mucho, porque, en aquella época, nos estaba haciendo cambiar nuestras respuestas para encontrar nuevas preguntas.
Yo me eduqué junto a ella, y ella me enseñó a perder para ganar. Ella me dijo que cualquier pérdida es una ganancia, con lo cual me dijo: "Tú no has perdido una pierna, sino que has ganado un muñón. Tú no has perdido un pulmón, sino que has aprendido a saber que con la mitad de lo que tienes puedes vivir." Y, como el hígado me lo quitaron con forma de estrella, ella me enseñó que ahora llevaba un "sheriff" dentro de mí.
Y, sobre todo, me enseñó que siempre llevase felicidad. Y era una mujer que decía: "No existe la felicidad, pero existe ser feliz cada día". Y tenía esa fuerza, esa energía, de hacerme creer que todo era posible.
Yo recuerdo que, cuando iba con pantalones cortos por la calle, la gente hacía ver que no veía mi pierna, pero, dos segundos después de cruzarme, todo el mundo se giraba a mirar la pierna. Pero yo siempre me giro y los pillo a todos. Y siempre les pregunto por qué tienen miedo a preguntar.
Yo, cuando entré en el hospital, mi madre real me dijo: "No hables con desconocidos", y yo le dije: "Entonces creo que no hablaré con nadie, mama". Y confié en los desconocidos, y los desconocidos se convirtieron en mis grandes aliados.
Yo aprendí... mis primeras lecciones en un hospital, rodeado de siete chavales de los cuales perdí a cinco. Y teníamos un pacto de vida en el hospital, que era otra idea de mi madre hospitalaria: ella siempre decía que podíamos, de alguna manera, dividirnos las vidas de los que perdíamos para que se multiplicaran dentro de nosotros. En aquellos años me tocó vivir 3,7 vidas, que es lo que me tocó en el pacto. Y, de alguna manera, hoy, delante de vosotros, tenéis a 4,7 personas, contándome a mí. Y yo siempre llevo los anhelos, los deseos, de esas 3,7 personas de los que me dividí sus vidas. Les prometí que siempre intentaría cumplir sus deseos, que siempre mantendría al niño de 14 años que era cuando perdí la pierna, cuando empecé con esa batalla de diez años contra el cáncer.
Y nunca olvidé a mi madre hospitaria. Creo que, para mí, ella tenía una fuerza, una dulzura y un amor..., y se convirtió en mi gran maestra. A los grandes maestros te los encuentras en cualquier sitio, y, a veces, en una habitación. En aquel caso era la 307 de un hospital de Barcelona, donde vivía la mujer que más me cuidó, la mujer que más pensó en aquellos chavales, y la que hizo que nos sintiésemos orgullosos de toda pérdida y que entendiésemos que, si haces el duelo suficiente, toda pérdida se convierte en una ganancia.
Gracias por escucharme."



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Cuando no puedo expresar un sentimiento


Ya hemos visto, en artículos anteriores, que hay sentimientos prohibidos, sea por el contexto cultural sea el familiar: los niños no lloran, etc.

Pero ¿qué pasa cuando no podemos expressar un sentimiento? ¿cuando tenemos prohibida la tristeza, por ejemplo, o la rabia, o el miedo…? Pues este sentimiento no permitido, se canaliza de alguna otra forma: Esta energía que nos genera una situación y que no podemos expressar de la forma más lógica, se acumula y se transforma en otro sentimiento… o en alguna otra cosa.

Pondré algunos ejemplos:

Tenemos que coger el autobús. Vamos tarde y corremos. Lo vemos pasar, llegar a la parada antes que nosotros… Justo cuando llegamos, el autobús cierra las puertas, arranca y se va.

Situaros por unos momentos, a todos nos ha pasado alguna vez: ¿qué sentimos? ¿Cuál es el sentimientos que nos viene? Frustración, impotencia. Y debajo, rabia. ¿Cómo la expresamos?

Depende: depende de qué nos han enseñado. Y de nuestro impulso personal. La respuesta lógica es la expresión de la rabia. Y la medida debe ser proporcional a la medida de la frustración:
  • Un reniego, un taco, son lo más adecuado a la situación.
  • Si empezamos a dar patadas a la marquesina, probablemente estamos expresando rabia acumulada por otros motivos.
  • O estamos canalizando otros sentimientos no expresados.
  • Si no reaccionamos, incluso si no sentimos un poco de rabia ante esta situación, tenemos un problema: no somos capaces de conectar con nuestra rabia.

Pondré otro ejemplo:

Una chica deja a su pareja, corta la relación. El chico, que no se permite la tristeza porque le dijeron que «no hace de hombre», al no poder sentir ni expresar tristeza, lo transforma en rabia. Y se va a un bar, bebe más de la cuenta y provoca una pelea, se pega con alguien. Así puede canalizar su dolor.

A sentir rabia cuando deberíamos sentir tristeza, se le llama sentimiento parásito. Es cuando substituímos un sentimiento prohibido por uno que no lo está.

También podemos encontrar el caso contrario, y toda clase de combinaciones entre sentimientos reales y parásitos.




Por ejemplo, teníamos muchas expectativas puestas en una entrevista de trabajo. Pasamos todas las pruebas y al final nos dicen que han seleccionado a otro candidato. Frustración. Rabia, y también tristeza. Y tal vez miedo, a no encontrar otro trabajo.
  • Podemos reaccionar llamando a un amigo, explicarle y renegar, o llorar.
  • También le podemos contar que tenemos miedo.
  • Pero si nos pasamos una semana llorando en la cama, sin hablar con nadie, estamos transformado la rabia y el miedo en tristeza y depresión.

A menudo me encuentro con personas que me están explicando una situación muy dolorosa con una sonrisa en los labios…

Es interesante hacer una reflexión de nuestras reacciones ante diferentes situaciones, y analizar, con distancia, cuando ya no contaminamos nuestros pensamientos con el sentimiento vivo, si nuestra respuesta fue la adecuada, tanto en cuanto al sentimiento correspondiente, como a su intensidad.
Podemos descubrir, sorprendidos, que tenemos tendencia a expressar a menudo la rabia, o la tristeza, o el miedo, incluso la alegría, y en cambio no expresamos casi nunca otro sentimiento.
Descubriremos cuáles son nuestros sentimientos permitidos, prohibidos y parásitos.




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HAGO LO QUE PUEDO, CON LAS HERRAMIENTAS QUE TENGO

(Dedicado a S)

Hago lo que puedo, con las herramientas que tengo…

Y de eso se trata. Pero no siempre es así. A menudo queremos hacer más de lo que nos toca, queremos llegar a un listón que nosotros mismos nos vamos subiendo y subiendo…

La auto-exigencia es eso; auto, porque nos la imponemos a nosotros mismos. Y exigencia, porque emana de la tiranía, una tiranía de la cual no somos conscientes.

Preguntémonos, si aquello que nos estamos exigiendo a nosotros mismos, se lo exigiríamos a nuestro mejor amigo, a nuestra pareja… Preguntémonos, si fuéramos alcaldes de nuestro pueblo, haríamos una ley que obligase a todo el mundo a hacer lo mismo que nos exigimos a nosotros mismos…

Si la respuesta es que no, está muy claro que nos auto-exigimos. Planteémonos, entonces, de dónde provienen estas órdenes auto-impuestas.

Y aquí quiero introducir el concepto del “cassette grabado”: Probablemente tuvimos un padre o madre que eran muy exigentes. Nos repetían una y otra vez lo mismo, nos exigían una serie de cosas, siempre más, siempre más lejos, siempre más alto…

Ellos ya no están presentes en nuestro día a día, pero se nos ha quedado un “cassette grabado” dentro, que se dispara ante muchas situaciones, y hace que nuestro cerebro repita consignas de los padres una y otra vez.

¿Y qué podemos hacer? En primer lugar, escucharnos a nosotros mismos. Escuchar a nuestro cuerpo, nuestro cansancio, nuestro disgusto,… nuestro enfado ante la auto-tiranía. Entonces, pensemos: “¿esto me lo digo yo mismo?” “o estoy repitiendo frases de mi padre o madre?”

Con mucha probabilidad hay un cassette grabado dentro de nosotros. Ante esto:
  • Tenemos derecho a revisarlo.
  • Tenemos derecho a cambiar de opinión.
  • Tenemos derecho a desobedecer los mandatos de nuestros padres.
Ellos, cargados de buenas intenciones, nos pasaron una serie de mensajes, sobre qué está bien o mal, qué hemos de conseguir en la vida, cómo lo hemos de conseguir… Lo hicieron de la forma que sabían. Probablemente, desde su propio cassette. Y nosotros, si no hacemos una revisión profunda, meditada, de los valores que nos han transmitido, el cassette grabado, repetiremos la historia, y traspasaremos el cassette a nuestros hijos e hijas. Y la historia continuará.

A lo largo de la vida, hacemos diversas revisiones de los valores que nos transmiten. Principalmente, en la adolescencia, y en los momentos de crisis vital. Estas revisiones son muy necesarias.

Así como hemos hecho revisión de valores morales, religiosos, educativos, políticos… y probablemente muchos de los valores no coinciden con los que nos transmitieron nuestros padres, también conviene que revisemos los valores más internos, como hasta dónde hemos de resistir y aguantar, cuánto hemos de dar de nosotros mismos, dónde están los límites de lo que es exigible.

Y podemos re-decidir, y cambiar, y bajar el listón. No estamos en este mundo para satisfacer el mandato de nuestros padres, ni de sus cassettes. Obedecemos nuestro propio mandato, el que nosotros decidimos, en tanto que personas adultas.

Hagamos lo que podamos, con las herramientas que tenemos.



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SER MAYOR

Viajando por la red he encontrado este video titulado "Ser mayor", las frases del cual son anónimas pero fantásticas ya que invitan a la reflexión.



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"El Tesoro de la Vida"


He encontrado este video con reflexiones que me han parecido interesantes. Más abajo encontraréis su transcripción.




"El Tesoro de la Vida"

Ya que no todos llegamos a los 90 años, merece la pena dedicar unos minutos a leer estas reflexiones de una persona de esa edad, con las lecciones que le enseñó la vida.

La vida no es justa, pero aún así es buena.

La vida es demasiado corta para perder el tiempo lamentándose.

No cuestiones la vida. Sólo vívela y aprovéchala al máximo hoy.

Tu trabajo no te cuidará cuando estés enfermo. Tus amigos y tu familia sí. Mantente en contacto.

No tienes que ganar cada discusión. Debes estar de acuerdo en no estar de acuerdo.

Llora con alguien. Alivia más que llorar solo.

Haz las paces con tu pasado para que no estropees tu presente.

No compares tu vida con la de otros. No tienes ni idea de cómo es su travesía.

Si juntáramos nuestros problemas y viéramos todos los de los demás, nos quedaríamos con los nuestros.

No te incumbe lo que otras personas piensen de ti. Ni te preocupes de eso.

La envidia es una pérdida de tiempo. Tú ya tienes todo lo que necesitas.

Elimina todo lo que no sea útil, hermoso o alegre.

Enciende las velas, ponte la lencería cara, utiliza las sábanas más bonitas... No las guardes para una ocasión especial. Hoy es ese día especial.

Sal todos los días. Los milagros están esperando en todas partes.

No importa como te sientas... Arréglate y preséntate.

Cuando se trata de conseguir aquello que amas en la vida, no aceptes un "no" por respuesta.

Se excéntrico ahora. No esperes a serlo de viejo.

El órgano sexual más importante es el cerebro.

Perdónales todo a todos.

No te tomes nada tan en serio. El tiempo sana casi todo.

Por más buena o mala que sea una situación... algún día cambiará!

Todo lo que verdaderamente importa al final es que hayas amado.

La vida no está envuelta en un lazo, pero continúa siendo un regalo.

Lo mejor está aún por llegar... fe y adelante.

"Los Amigos son la Familia que nosotros mismos escogemos."




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Vendo un pedacito de cielo...


Este es un buen cuento corto para reflexionar sobre el valor que damos a todo lo que tenemos y lo que queremos. No sé de quien es, pero es muy clarificador.



Un campesino, cansado de la rutina del campo y de tanto trabajo duro, decidió vender su finca. Como sabía que su vecino era un destacado poeta, decidió pedirle el favor que le hiciera el aviso de venta. El poeta accedió gustosamente. El aviso decía: 

“Vendo un pedacito de cielo, adornado con bellas flores y verdes árboles, hermosos prados y un cristalino rio con el agua más pura que jamás hayan visto.”

El poeta tuvo que marcharse por un tiempo, y a su regreso decidió visitar a sus nuevos vecinos, pensando que aquel hombre del aviso se había mudado. Su sorpresa fue mayor al ver al campesino trabajando en sus faenas, y le preguntó:

- ¡Amigo! ¿No se iba de la finca?


El campesino, con una sonrisa, le respondió:


- No, mi querido vecino, después de leer el aviso que usted me hizo, comprendí que tenía el lugar más maravillosos de la tierra y que no existe otro mejor…




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Pilar Morey Bulbena
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