Si
tu hijo/a adolescente es rebelde, tienes un hijo/a normal. La
rebelión forma parte de la adolescencia. El joven necesita
distanciarse, desmarcarse de la familia para crecer. Y esta rebelión
va siempre acompañada de angustia por parte del joven y también de
angustia y enfado por parte de los padres, que a menudo no entienden
qué está pasando.
Es
importante que el joven pueda acudir a un adulto de confianza si
tiene un problema grave, cuando hay un fuerte distanciamiento entre
padres e hijos. Muchas veces, un familiar cercano, hermano mayor,
tío, tía, etc., pueden jugar un papel importante en estos
momentos.
Cada
persona, cada familia tiene su propio estilo, sus principios. No
todos los padres lo hacen igual y seguramente está bien.
Los
jóvenes necesitan cierta libertad para “ensayar” su nueva vida,
y es conveniente darles un espacio (adecuado a su edad) y confiar en
ellos. Se pueden equivocar, pero es peor que se queden encerrados en
casa.
También
hay que darles seguridad y afecto, que se sepan queridos y
aceptados, pase lo que pase.
El
manejo de la frustración es otro punto importante, saber apoyarles
en momentos de “caída”, animarles a levantarse y volver a
empezar.
Ante
un problema grave, los padres deben hacer un frente común, evitar
las desavenencias que a menudo surgen. Hay que evitar las
discusiones de quién tiene la culpa del comportamiento de los
hijos, acusarse mutuamente, etc., y buscar soluciones juntos.
No
es fácil ser padres de un joven que parece que haya perdido todos
los modales, la educación y se muestra desafiante y egoísta. En
momentos así, los padres pueden caer en una postura radical, de
castigos, reproches, que aún distanciará más las posturas. Por
más difícil que parezca, hay que tomarlo con calma y tratar de
restablecer puentes de diálogo.
Un
error frecuente es querer hacer “de amigo, de colega” de los
hijos. Éste no es el rol que toca: los padres son los padres y los
amigos son los amigos.
El
hecho de que los hijos se hagan mayores, también crea en algunos
padres y madres la sensación de que “ya no son necesarios”, se
sienten desubicados, y puede ser que, de forma inconsciente, no
dejen crecer al hijo, que no le dejen marchar.
También
se da a menudo el caso de que haya una situación familiar
complicada (paro, problemas en la pareja, etc.) y que se haga recaer
toda la culpa en la conducta del adolescente. Esto no es justo ni
ayuda a nadie.
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