Como en todas las
etapas de la vida, la evolución y los cambios dependen de cada
persona. Pero hay un periodo que podemos llamar como «la entrada en
la madurez» ¿Cuáles son sus características?
A
nivel profesional cada vez se siente menos la necesidad de seguir
«escalando», y se tenderá a buscar la seguridad y la comodidad de
una rutina ya conocida, dejando paso a los más jóvenes a las
aspiraciones de ascenso, lucha, progreso y competencia.
Generalmente
los hijos han crecido y su progresiva independencia deja más
espacio para la realización personal: hay más tiempo libre para el
adulto, que podrá retomar o iniciar nuevas actividades.
La
pareja, si lleva muchos años, se ha vuelto estable, la pasión del
principio desapareció hace años dando paso a una relación basada
en la confianza con mucho más espacio para cada uno. Los roles
están definidos y también las aficiones de cada uno, así como los
espacios compartidos por los dos.
También
hay que considerar que, cada vez hay más personas que se vuelven a
emparejar o que no tienen una relación estable. Algunas personas,
llegadas a esta etapa, aún piensan que encontrar pareja se basa en
tener una apariencia física muy atractiva. El cuerpo no es el
mismo, el atractivo es diferente y hay personas que sufren mucho por
no aceptar los cambios de su aspecto.
La
persona se va «serenando». Se van aceptando las limitaciones,
tanto de la propia vida como del cuerpo. Las energías van menguando
y con ellas el impulso emprendedor. Cada vez cuesta más empezar
cosas nuevas y en todo caso las aficiones serán cada vez más
«tranquilas». Esto implica renunciar a ciertos ideales y comporta
a menudo dificultad, sensación de «envejecimiento», de que «se
escapa el tren».
Los
valores también van variando: la experimentación, el riesgo, la
adrenalina, el afán por descubrir cosas nuevas, van dando paso a la
comprensión, el respeto a sí mismo y a una valoración de lo que
ya se ha vivido, a la obra realizada. Algunas veces cuesta mucho
aceptar estos cambios y la persona puede caer en un afán
desmesurado de «demostrar que aún vale», intentar aparentar menos
edad de la que se tiene, etc.
Poco
a poco se va aceptando la transitoriedad (que estamos en este mundo
«de paso»). En algún momento sentimos que hemos de hacer alguna
cosa que trascienda cuando nosotros ya no estemos.
También
es frecuente en esta etapa desarrollar un resentimiento contra todo
lo nuevo y contra los jóvenes. Surgen prejuicios hacia la juventud,
que no son más que síntomas de una cierta «envidia de lo joven»
y una dificultad para aceptar el propio envejecimiento y de valorar
la propia experiencia y todo lo que se ha conseguido en la vida.
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