"No es solo aceptarse y quererse, es sintonizarse con uno mismo, es mirarse con honestidad y evaluarse adecuadamente, reconocer las luces y las oscuridades." Jorge Bucay es un psicodramaturgo, terapeuta gestáltico y escritor argentino. Se define como "ayudador profesional" ya que, según él, mediante sus conferencias y sus libros procura ofrecer herramientas terapéuticas, para que cada quien sea capaz de sanarse a sí mismo. Por su parte, en su país natal, Argentina, es considerado uno de los mejores de la psicología actual. "Yo trabajo sobre la idea aduéñate de tu vida, lo que tienes es tu responsabilidad. Creo que el mundo no es un lugar para competir, sino para compartir, y una condición necesaria es mirarse a uno mismo". Jorge Bucay
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Bonito cuento de Jorge Bucay en el que nos habla de tolerancia, de que no siempre tenemos razón, que no siempre es todo lo que parece, de respeto, de amor incondicional...
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El leñador tenaz es un cuento corto de Jorge Bucay que nos enseña que, en un momento dado, hay que parar para poder seguir.
Transcripción del cuento:
EL LEÑADOR TENAZ
Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún. Así que el leñador se propuso hacer un buen papel.
El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque. El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar. En un solo día cortó 18 árboles, "te felicito" -le dijo el capataz- "sigue así".
Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó bien temprano. A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque.
Pero, a pesar de todo su empeño, no consiguió cortar ese día más que 15 árboles. "Debo estar cansado", pensó, y decidió acostarse con la puesta de sol. Al amanecer, decidido, se levantó a batir su marca de 18 árboles.
Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad. Al día siguiente fueron 7, luego 5, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.
Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento. El capataz le preguntó: - ¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez? - ¿Afilar? -dijo el leñador-. No he tenido tiempo para afilar, he estado demasiado ocupado tratando de talar los árboles.
- ¿De qué sirve, Demián, empezar con un enorme esfuerzo que pronto se volverá insuficiente?
Cuando me esfuerzo, el tiempo de recuperación nunca es suficiente para optimizar mi rendimiento. Descansar, cambiar de ocupación, hacer otras cosas, es muchas veces una manera de afilar nuestra herramienta. Seguir haciendo algo a la fuerza, en cambio, es un vano intento de reemplazar con voluntad la incapacidad de un individuo en un momento determinado.
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Escribiendo sin “u” puedo hablar hasta de mi cansancio, de lo mío, del yo, de lo que tengo, de lo que me pertenece… Hasta puedo escribir de él, de ellos y de los demás. Pero sin “u” no puedo hablar de ustedes, del tú de lo vuestro. No puedo hablar de lo suyo, de lo tuyo, ni siquiera de lo nuestro. Así me pasa… A veces pierdo la “u” y dejo de poder hablarte, pensarte, amarte, decirte. Sin “u”, yo me quedo pero tú desapareces… Y sin poder nombrarte, ¿cómo podría disfrutarte? como en el cuento… si tú no existes me condeno a ver lo peor de mí mismo reflejándose eternamente en el mismo, mismísimo estúpido espejo.
Jorge Bucay
En este audio está el cuento al completo:
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"La tristeza y la furia" es un cuento corto de Jorge Bucay.
Puedes escucharlo de su propia voz, sugerente y evocadora, al final de este post.
En un
reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá donde
los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un
reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas...
Había
una vez...
Un
estanque maravilloso.
Era una
laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los
colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se
reflejaban permamentemente...
Hasta
aquel estanque mágico y transparente se acercaron la tristeza y la
furia para bañarse en mutua compañía.
Las dos
se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.
La
furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida,
-sin saber por qué-, se bañó rápidamente, y más rápidamente
aún, salió del agua...
Pero la
furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad.
Así que, desnuda y apurada, se puso al salir, el primer vestido que
encontró...
Y
sucedió que aquel vestido no era suyo, sino el de la tristeza...
Y así,
vestidad de tristeza, la furia se fue.
Muy
calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar
donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa –o,
mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y
lentamente, salió del estanque.
En la
orilla se dio cuenta de que su ropa ya no estaba.
Como
todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al
desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al
estanque: el vestido de la furia.
Cuentan
que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia,
ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para
mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un
disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está
escondida la tristeza.
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Antes de morir, hija mía, quisiera estar seguro de haberte enseñado…
a disfrutar del amor, a enfrentar tus miedos y confiar en tu fuerza, a entusiasmarte con la vida, a pedir ayuda cuando la necesites, a decir o callar según tu conveniencia, a ser amiga de ti misma, a no tenerle miedo al ridículo, a darte cuenta de lo mucho que mereces ser querida, a tomar tus propias decisiones, a quedarte con el crédito por tus logros, a superar la adicción a ser aprobada por los demás, y no mirar atrás a ver quién te sigue, a no perseguir el aplauso sino tu satisfacción, a no hacerte cargo de las responsabilidades de todos, a ser consciente de tus sentimientos y actuar en consecuencia, a dar porque quieres y no porque estés obligada a hacerlo.
Antes de morir, hija mía, quisiera estar seguro de haberte enseñado…
a exigir que se te pague adecuadamente por tu trabajo, a aceptar tus limitaciones y vulnerabilidades sin enojo, a no imponer tu criterio ni permitir que te impongan el de los otros, a decir que sí sólo cuando quieres y decir que no sin culpa, a tomar más riesgos, a aceptar el cambio y revisar tus creencias, a tratar y exigir ser tratada con respeto, a llenar primero tu copa y después la de los demás, a planear para el futuro sin intentar vivir en función de él, y que eres capaz de vivir en el presente.
Antes de morir, hija mía, quisiera estar seguro de haberte enseñado…
a valorar tu intuición, a celebrar las diferencias entre los sexos, a hacer de la comprensión y el perdón tus prioridades, a aceptarte así como eres, a crecer aprendiendo de los desencuentros y de los fracasos, a no avergonzarte de andar riendo a carcajadas por las calles sin ninguna razón, a darte todos los permisos sin otra restricción que la de no dañar a otros ni a ti misma.
Pero sobretodo, hija mía, porque te amo más que a nadie, quisiera estar seguro de haberte enseñado...
a no idolatrar a nadie, y a mí, que soy tu padre…, menos que a nadie.
Jorge Bucay
Aquí encontrarás Palabras para mi hija recitado:
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"El oso" es un cuento que Jorge Bucay nos explica para que reflexionemos sobre la necesidad de centrarnos en el presente y no preocuparnos tanto por el futuro.
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"El elefante encadenado" es un cuento corto de Jorge Bucay que nos invita a reflexionar sobre las "estacas" de cada uno.
Transcripción del cuento:
Cuando yo era pequeño me encantaban los circos. Y lo que más
me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la
atención el elefante, que, como más tarde supe, era también el animal preferido
por casi todos los niños.
Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un
peso, un tamaño y una fuerza descomunales. Pero, después de la actuación, y
hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a
una pequeña estaca clavada en el suelo, con una cadena que aprisionaba una de
sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de
madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo, y aunque la cadena era
gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de
cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente: ¿qué lo sujeta?,
¿por qué no huye?
Cuando yo tenía 5 o 6 años, todavía confiaba en la
sabiduría de los mayores, y entonces pregunté a un maestro, a un padre, o a un
tío, por el misterio del elefante. Algunos de ellos me explicaró que el
elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la prengunta
obvia: “Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?” La verdad es que no recuerdo
haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y de la
estaca y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían
hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años descubrí, por suerte para mí, que
alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
“El elefante del
circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy
pequeño.”
Cerré los ojos e imaginé el indefenso elefante recién
nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito
empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. A pesar de sus esfuerzos, no lo
consiguió porque aquella estaca era realmente demasiado dura para él. Imaginé
que el elefantito se dormía agotado, y que al día siguiente lo volvía a
intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que un día, un día terrible para su
historia futura, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo, no escapa
porque cree, pobre, que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia
que sintió, realmente, poco después de nacer. Y lo peor es que jamás ha vuelto
a cuestionar seriamente aquel recuerdo; jamás, jamás, intentó poner a prueba su
fuerza.
Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por
el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando
que no podemos hacer montones de cosas simplemente porque una vez, hace tiempo,
cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos. Hicimos entonces lo
mismo del elefante, grabamos en nuestra memoria este mensaje: “No puedo, no
puedo y nunca podré”. Hemos crecido llevando este mensaje que nos impusimos a
nosotros mismos, y por eso nunca, nunca, volvimos a intentar liberarnos de la
estaca. Cuando a veces sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas,
miramos de reojo la estaca y pensamos “No puedo y nunca podré”.
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Hoy quiero compartir con vosotros un cuento de Jorge Bucay sobre el dilema entre tirar la toalla o seguir luchando.
Había una vez
dos ranas que cayeron en un recipiente de nata.
Inmediatamente
se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado
tempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas
patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil,
sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez
era más difícil salir a la superficie y respirar.
Una de ellas
dijo en voz alta: “No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no
se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento.
No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril”.
Dicho esto,
dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el
espeso líquido blanco.
La otra rana,
más persistente o quizá más tozuda, se dijo: “¡No hay manera! Nada se puede
hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte
prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de
que llegue mi hora”.
Siguió
pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un
centímetro, durante horas y horas.
Y de pronto, de
tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en
mantequilla.
Sorprendida, la
rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí
pudo regresar a casa croando alegremente.
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Este cuento de Jorge Bucay nos permite reflexionar sobre cómo, muchas veces, vemos la realidad desde posiciones diferentes, y pensamos que nuestra posición es la única desde la cual se divisa la verdad.
Había una vez
una pata que había puesto cuatro huevos. Mientras los empollaba, un zorro atacó
el nido y la mató. Pero, por alguna razón, no llegó a comerse los huevos antes
de huir, y éstos quedaron abandonados en el nido.
Una gallina
clueca pasó por allí y encontró el nido descuidado. Su instinto hizo que se sentara
sobre los huevos para empollarlos.
Poco después
nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina por su madre y
caminaban en fila detrás de ella.
La gallina,
contenta con su nueva prole, los llevó a la granja. Todas las mañanas, después
del canto del gallo, mamá gallina rascaba el suelo y los patos se esforzaban
por imitarla. Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra ni un
mísero gusano, la mamá proveía de alimento a todos los polluelos, partía cada
lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos dándoles de comer en el pico.
Un día como
otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los alrededores de la
granja. Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila.
Pero de pronto,
al llegar al lago, los patitos se zambulleron de un salto en la laguna, con
toda naturalidad, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que
salieran del agua.
Los patitos
nadaban alegres, chapoteando, y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se
ahogaran.
El gallo
apareció atraído por los gritos de la madre y se percató de la situación.
- No se puede
confiar en los jóvenes -fue su sentencia-. Son unos imprudentes.
Uno de los
patitos, que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo: “no nos
culpéis a nosotros por vuestras propias limitaciones”.
En los últimos años ha tenido un gran auge la denominada
psicología de la Gestalt. El psiquiatra argentino Jorge Bucay la ha divulgado
ampliamente con su veintena de libros de auto-ayuda, como “Cuentos para
pensar”, “Cartas para Claudia”, “Déjame que te cuente” o “El camino de la
felicidad”, entre otros. Pero, ¿qué es la psicoterapia de la Gestalt?
A partir de Carl Rogers y otros autores norteamericanos
de los 50 y 60, surge dentro del ámbito de la psicología, la corriente
humanista, que defiende las terapias adaptadas a la persona, el crecimiento
personal, el hecho de aprovechar el potencial humano y centrarse en el “aquí y
ahora”. En el marco de la psicología humanista, surgen diversas escuelas que
desarrollarán técnicas concretas para conseguir que la persona mejore de una
forma global: no se trata el síntoma sino a la persona. El creador de la Psicología Gestalt es Fritz Perls
(1893-1970)... Seguir leyendo...
"Todo vale la pena. Porque somos quienes somos por aquello que hemos vivido. Somos quienes somos por aquello que algunas otras personas dejaron en nosotros. Pero somos absolutamente quienes somos gracias a aquello que hemos perdido, gracias a eso que ya no está con nosotros."
Así empieza este audio de Jorge Bucay que nos habla de "soltar, dejar ir":
Este cuento nos
hace una reflexión sobre los peligros de ocupar la mente con cosas no
resueltas.
Había una vez
dos monjes zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron
al río, vieron a una mujer que lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era
joven y atractiva.
- ¿Qué te
sucede?- le preguntó el más anciano.
- Mi madre se
muere. Está sola en casa, al otro lado del río, y yo no puedo cruzar. Lo
intenté -siguió la joven-, pero la corriente me arrastra y no podré llegar
nunca al otro lado sin ayuda... Pensé que no la volvería a ver con vida. Pero
ahora... Ahora que habéis aparecido vosotros, alguno de los dos podría ayudarme
a cruzar...
- Ojalá
pudiéramos -se lamentó el más joven-. Pero la única manera de ayudarte sería
cargarte a través del rio y nuestro voto de castidad nos impide todo contacto
con el sexo opuesto. Lo tenemos prohibido... lo siento.
- Yo también lo
siento -dijo la mujer. Y siguió llorando. El monje más viejo se arrodilló, bajó
la cabeza y dijo: “sube”.
La mujer no
podía creerlo, pero con rapidez tomó su hatillo de ropa y subió a horcajadas
sobre el monje.
Con bastante
dificultad, el monje cruzó el río, seguido por el joven.
Al llegar al
otro lado, la mujer descendió y se acercó al anciano monje con intención de
besar sus manos.
- Está bien,
está bien -dijo el viejo retirando sus manos-, sigue tu camino.
La mujer se
inclinó con gratitud y humildad, recogió sus ropas y corrió por el camino hacia
el pueblo.
Los monjes, sin
decir palabra, retomaron su marcha al monasterio. Aún les quedaban diez horas
de caminata...
Poco antes de
llegar, el joven le dijo al anciano: “maestro, vos sabéis mejor que yo de
nuestro voto de abstinencia. No obstante, cargasteis sobre los hombros a
aquella mujer a través de todo lo ancho del río”.
- Yo la llevé a
través de río, es cierto. Pero ¿qué te pasa a ti que todavía la cargas sobre
tus hombros?