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DOS CUENTOS PARA MEJORAR LA AUTOESTIMA

De Jorge Bucay.

Dice su página oficial de YouTube:

"No es solo aceptarse y quererse, es sintonizarse con uno mismo, es mirarse con honestidad y evaluarse adecuadamente, reconocer las luces y las oscuridades."
Jorge Bucay es un psicodramaturgo, terapeuta gestáltico y escritor argentino. Se define como "ayudador profesional" ya que, según él, mediante sus conferencias y sus libros procura ofrecer herramientas terapéuticas, para que cada quien sea capaz de sanarse a sí mismo. Por su parte, en su país natal, Argentina, es considerado uno de los mejores de la psicología actual.

"Yo trabajo sobre la idea aduéñate de tu vida, lo que tienes es tu responsabilidad. Creo que el mundo no es un lugar para competir, sino para compartir, y una condición necesaria es mirarse a uno mismo". Jorge Bucay




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Telf.: 605 52 52 81


La gallina y los patitos

Bonito cuento de Jorge Bucay en el que nos habla de tolerancia, de que no siempre tenemos razón, que no siempre es todo lo que parece, de respeto, de amor incondicional...





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EL LEÑADOR TENAZ

El leñador tenaz es un cuento corto de Jorge Bucay que nos enseña que, en un momento dado, hay que parar para poder seguir.



Transcripción del cuento:

EL LEÑADOR TENAZ

Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún. Así que el leñador se propuso hacer un buen papel.

El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque. El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar. En un solo día cortó 18 árboles, "te felicito" -le dijo el capataz- "sigue así".

Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó bien temprano. A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque.

Pero, a pesar de todo su empeño, no consiguió cortar ese día más que 15 árboles. "Debo estar cansado", pensó, y decidió acostarse con la puesta de sol. Al amanecer, decidido, se levantó a batir su marca de 18 árboles.

Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad. Al día siguiente fueron 7, luego 5, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.

Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento. El capataz le preguntó:
- ¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?
- ¿Afilar? -dijo el leñador-. No he tenido tiempo para afilar, he estado demasiado ocupado tratando de talar los árboles.


- ¿De qué sirve, Demián, empezar con un enorme esfuerzo que pronto se volverá insuficiente?

Cuando me esfuerzo, el tiempo de recuperación nunca es suficiente para optimizar mi rendimiento. Descansar, cambiar de ocupación, hacer otras cosas, es muchas veces una manera de afilar nuestra herramienta. Seguir haciendo algo a la fuerza, en cambio, es un vano intento de reemplazar con voluntad la incapacidad de un individuo en un momento determinado.



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CUENTO SIN U



Cuento sin u

Escribiendo sin “u”
puedo hablar hasta de mi cansancio,
de lo mío, del  yo,
de lo que tengo,
de lo que me pertenece…
Hasta puedo escribir de él,
de ellos
y de los demás.
Pero sin “u”
no puedo hablar de ustedes,
del tú
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.
Así me pasa…
A veces pierdo la “u”
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.
Sin “u”, yo me quedo pero tú desapareces…
Y sin poder nombrarte,
¿cómo podría disfrutarte?
como en el cuento… si tú no existes
me condeno a ver lo peor de mí mismo
reflejándose eternamente
en el mismo,
mismísimo
estúpido
espejo.

Jorge Bucay



En este audio está el cuento al completo:





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La tristeza y la furia


"La tristeza y la furia" es un cuento corto de Jorge Bucay.
Puedes escucharlo de su propia voz, sugerente y evocadora, al final de este post.


En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...

En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas...

Había una vez...

Un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permamentemente...
Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la tristeza y la furia para bañarse en mutua compañía.
Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.
La furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida, -sin saber por qué-, se bañó rápidamente, y más rápidamente aún, salió del agua...

Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso al salir, el primer vestido que encontró...
Y sucedió que aquel vestido no era suyo, sino el de la tristeza...
Y así, vestidad de tristeza, la furia se fue.

Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa –o, mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se dio cuenta de que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la furia.

Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.









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Pilar Morey Bulbena
Telf.: 605 52 52 81


PALABRAS PARA MI HIJA



Antes de morir, hija mía, quisiera estar seguro de haberte enseñado…

 a disfrutar del amor,
 a enfrentar tus miedos y confiar en tu fuerza,
 a entusiasmarte con la vida,
 a pedir ayuda cuando la necesites,
 a decir o callar según tu conveniencia,
 a ser amiga de ti misma,
 a no tenerle miedo al ridículo,
 a darte cuenta de lo mucho que mereces ser querida,
 a tomar tus propias decisiones,
 a quedarte con el crédito por tus logros,
 a superar la adicción a ser aprobada por los demás, y no mirar atrás a ver quién te sigue,
 a no perseguir el aplauso sino tu satisfacción,
 a no hacerte cargo de las responsabilidades de todos,
 a ser consciente de tus sentimientos y actuar en consecuencia,
 a dar porque quieres y no porque estés obligada a hacerlo.


Antes de morir, hija mía, quisiera estar seguro de haberte enseñado…

 a exigir que se te pague adecuadamente por tu trabajo,
 a aceptar tus limitaciones y vulnerabilidades sin enojo,
 a no imponer tu criterio ni permitir que te impongan el de los otros,
 a decir que sí sólo cuando quieres y decir que no sin culpa,
 a tomar más riesgos,
 a aceptar el cambio y revisar tus creencias,
 a tratar y exigir ser tratada con respeto,
 a llenar primero tu copa y después la de los demás,
 a planear para el futuro sin intentar vivir en función de él, y que eres capaz de vivir en el presente.


Antes de morir, hija mía, quisiera estar seguro de haberte enseñado…

 a valorar tu intuición,
 a celebrar las diferencias entre los sexos,
 a hacer de la comprensión y el perdón tus prioridades,
 a aceptarte así como eres,
 a crecer aprendiendo de los desencuentros y de los fracasos,
 a no avergonzarte de andar riendo a carcajadas por las calles sin ninguna razón,
 a darte todos los permisos sin otra restricción que la de no dañar a otros ni a ti misma.


Pero sobretodo, hija mía, porque te amo más que a nadie, quisiera estar seguro de haberte enseñado...

 a no idolatrar a nadie, y a mí, que soy tu padre…, menos que a nadie.
 


Jorge Bucay


Aquí encontrarás Palabras para mi hija recitado:

https://www.youtube.com/watch?v=JnSQfgkuFKE




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El oso



"El oso" es un cuento que Jorge Bucay nos explica para que reflexionemos sobre la necesidad de centrarnos en el presente y no preocuparnos tanto por el futuro.





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Carta 40



Hoy un poema de Jorge Bucay que habla de cuando alguien se aleja y cierra la puerta...



Me duele tu enfado.

Me duele tu tristeza.

Me duele tu enojo.

Pero lo que más me duele es tu silencio…

Sentir que te escondes de mí.

Que estás detrás de tus “no sé”.

Que, como el tango:

Te busco y ya no estás.

¿Necesitas una excusa para separarte de mí?

Puedo subir la montaña más alta

con tu ayuda.

Sin ti, me cansa hasta jugar al escondite,

me cansa saltar obstáculos,

me cansa pelearme con tu orgullo,

me cansa golpear la puerta

que ambos queremos que se abra

y tú mantienes cerrada.



No creo en tu confusión sino en tus frenos.

No creo en tu “tiempo” sino en tu orgullo.

No creo en tu odio sino en tu frustración.

No creo en tu conducta sino en tu sentir.

Me siento como el ciego

del poema de Rafael de León

“que agita su pañuelo llorando

sin darse cuenta de que el tren

hace rato ya que ha partido...”

¡Ven! ¡Abre! ¡Habla!¡Pelea!

¡Que estoy aquí!



Jorge Bucay

Cartas para Claudia





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"La tienda de la verdad"


Un cuento corto de Jorge Bucay, que nos desvelará el precio de saber la verdad.





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"El elefante encadenado"


"El elefante encadenado" es un cuento corto de Jorge Bucay que nos invita a reflexionar sobre las "estacas" de cada uno.





Transcripción del cuento:

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos. Y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante, que, como más tarde supe, era también el animal preferido por casi todos los niños.

Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales. Pero, después de la actuación, y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo, con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo, y aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente: ¿qué lo sujeta?, ¿por qué no huye?

Cuando yo tenía 5 o 6 años, todavía confiaba en la sabiduría de los mayores, y entonces pregunté a un maestro, a un padre, o a un tío, por el misterio del elefante. Algunos de ellos me explicaró que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la prengunta obvia: “Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?” La verdad es que no recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y de la estaca y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años descubrí, por suerte para mí, que alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

“El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño.”

Cerré los ojos e imaginé el indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. A pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió porque aquella estaca era realmente demasiado dura para él. Imaginé que el elefantito se dormía agotado, y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que un día, un día terrible para su historia futura, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo, no escapa porque cree, pobre, que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió, realmente, poco después de nacer. Y lo peor es que jamás ha vuelto a cuestionar seriamente aquel recuerdo; jamás, jamás, intentó poner a prueba su fuerza.

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que no podemos hacer montones de cosas simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos. Hicimos entonces lo mismo del elefante, grabamos en nuestra memoria este mensaje: “No puedo, no puedo y nunca podré”. Hemos crecido llevando este mensaje que nos impusimos a nosotros mismos, y por eso nunca, nunca, volvimos a intentar liberarnos de la estaca. Cuando a veces sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos “No puedo y nunca podré”.




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"Las ranitas en la nata"

Hoy quiero compartir con vosotros un cuento de Jorge Bucay sobre el dilema entre tirar la toalla o seguir luchando.



Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata.

Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil, sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.

Una de ellas dijo en voz alta: “No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril”.

Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.

La otra rana, más persistente o quizá más tozuda, se dijo: “¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora”.

Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas.

Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.

Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí pudo regresar a casa croando alegremente.




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La gallina y los patitos

Este cuento de Jorge Bucay nos permite reflexionar sobre cómo, muchas veces, vemos la realidad desde posiciones diferentes, y pensamos que nuestra posición es la única desde la cual se divisa la verdad.


Había una vez una pata que había puesto cuatro huevos. Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató. Pero, por alguna razón, no llegó a comerse los huevos antes de huir, y éstos quedaron abandonados en el nido.

Una gallina clueca pasó por allí y encontró el nido descuidado. Su instinto hizo que se sentara sobre los huevos para empollarlos.

Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina por su madre y caminaban en fila detrás de ella.

La gallina, contenta con su nueva prole, los llevó a la granja. Todas las mañanas, después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el suelo y los patos se esforzaban por imitarla. Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra ni un mísero gusano, la mamá proveía de alimento a todos los polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos dándoles de comer en el pico.

Un día como otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los alrededores de la granja. Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila.

Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos se zambulleron de un salto en la laguna, con toda naturalidad, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que salieran del agua.

Los patitos nadaban alegres, chapoteando, y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran.

El gallo apareció atraído por los gritos de la madre y se percató de la situación.

- No se puede confiar en los jóvenes -fue su sentencia-. Son unos imprudentes.

Uno de los patitos, que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo: “no nos culpéis a nosotros por vuestras propias limitaciones”.


Qué es la Gestalt (1)


En los últimos años ha tenido un gran auge la denominada psicología de la Gestalt. El psiquiatra argentino Jorge Bucay la ha divulgado ampliamente con su veintena de libros de auto-ayuda, como “Cuentos para pensar”, “Cartas para Claudia”, “Déjame que te cuente” o “El camino de la felicidad”, entre otros. Pero, ¿qué es la psicoterapia de la Gestalt?

A partir de Carl Rogers y otros autores norteamericanos de los 50 y 60, surge dentro del ámbito de la psicología, la corriente humanista, que defiende las terapias adaptadas a la persona, el crecimiento personal, el hecho de aprovechar el potencial humano y centrarse en el “aquí y ahora”. En el marco de la psicología humanista, surgen diversas escuelas que desarrollarán técnicas concretas para conseguir que la persona mejore de una forma global: no se trata el síntoma sino a la persona. El creador de la Psicología Gestalt es Fritz Perls (1893-1970)... Seguir leyendo... 

"Soltar, dejar ir" de Jorge Bucay


"Todo vale la pena. Porque somos quienes somos por aquello que hemos vivido. Somos quienes somos por aquello que algunas otras personas dejaron en nosotros. Pero somos absolutamente quienes somos gracias a aquello que hemos perdido, gracias a eso que ya no está con nosotros."


Así empieza este audio de Jorge Bucay que nos habla de "soltar, dejar ir":




Un cuento de Jorge Bucay

Este cuento nos hace una reflexión sobre los peligros de ocupar la mente con cosas no resueltas.


Había una vez dos monjes zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río, vieron a una mujer que lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.

- ¿Qué te sucede?- le preguntó el más anciano.
- Mi madre se muere. Está sola en casa, al otro lado del río, y yo no puedo cruzar. Lo intenté -siguió la joven-, pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... Pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora... Ahora que habéis aparecido vosotros, alguno de los dos podría ayudarme a cruzar...

- Ojalá pudiéramos -se lamentó el más joven-. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del rio y nuestro voto de castidad nos impide todo contacto con el sexo opuesto. Lo tenemos prohibido... lo siento.

- Yo también lo siento -dijo la mujer. Y siguió llorando. El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo: “sube”.

La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su hatillo de ropa y subió a horcajadas sobre el monje.
Con bastante dificultad, el monje cruzó el río, seguido por el joven.

Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó al anciano monje con intención de besar sus manos.

- Está bien, está bien -dijo el viejo retirando sus manos-, sigue tu camino.
La mujer se inclinó con gratitud y humildad, recogió sus ropas y corrió por el camino hacia el pueblo.

Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio. Aún les quedaban diez horas de caminata...

Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano: “maestro, vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No obstante, cargasteis sobre los hombros a aquella mujer a través de todo lo ancho del río”.

- Yo la llevé a través de río, es cierto. Pero ¿qué te pasa a ti que todavía la cargas sobre tus hombros?


Déjame que te cuente...

Un cuento corto de Jorge Bucay


Había una vez un campesino gordo y feo

que se había enamorado (¿cómo no?)

de una princesa hermosa y rubia...

Un día, la princesa -vaya usted a saber por qué-

dio un beso al feo y gordo campesino...

y, mágicamente, éste se transformó

en un esbelto y apuesto príncipe.

(Por lo menos, así lo veía ella...)

(Por lo menos, así se sentía él...)


Jorge Bucay

Cartas para Claudia

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